Bajo el cielo del oeste

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Los cowboys levantaron los ojos, y los guerrilleros bajaron los suyos.

—¡Buenos días, señor! —dijo ceremoniosamente el cabecilla.

Aguzando el oído, Magdalena pudo oírle y reconocer la voz de don Carlos. Su cortés reverencia a Stewart fuéle también familiar. De no ser por ambos detalles jamás habría reconocido en aquel astroso y tosco mejicano al elegante y pulcro vaquero.

Stewart devolvió el saludo en español y, agitando una mano hacia la hoguera, añadió en inglés:

—Echen pie a tierra y coman.

Los guerrilleros aceptaron la invitación con alacridad. Se apiñaron en torno al fuego. En apariencia sus tipos concordaban con los de la cuadrilla que había secuestrado a Magdalena, si bien éstos eran más numerosos e iban mejor armados. Los de ahora, sin embargo, parecían igualmente famélicos y su aspecto era tan salvaje y miserable como el de aquéllos. Los cowboys no se mostraron en modo alguno cordiales con los visitantes, pero sí hospitalarios. Cumplían con la ley del desierto que les obligaba a dar, sin excepción, pan y agua a cualquier viajero, sea extraviado o perseguidor o perseguido.

—Son veintitrés —dijo Ambrosio en voz baja—, incluyendo a cuatro blancos. ¡Famosa pandilla!

—Parecen bien dispuestos —replicó Magdalena.


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