Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Fuese cual fuese el secreto motivo de don Carlos y su gente, ello no fue óbice para que se tragasen vorazmente una gran cantidad de alimentos. Cada individuo procuró engullir cuanto podía de un solo bocado. Charlaron como loros; algunos de ellos dieron muestras de alegría, manifestando incluso una cierta salvaje hilaridad. Luego, mientras cada uno liaba y encendía el inevitable cigarrillo de todo buen mejicano, prodújose en ellos un sutil cambio. Fumaban y oteaban a su alrededor, hacia la arboleda, a los riscales, y a los sosegados cowboys, con aire de quien está esperando algo.

—¡Señor! —Comenzó don Carlos, dirigiéndose a Stewart. Al hablar se quitó el sombrero para señalar con él el campamento.

Magdalena no podía descifrar sus palabras, mas su ademán indicaba una pregunta acerca del resto de la partida. La respuesta de Stewart y el gesto que la acompañó significaron que estaba camino del rancho. El cowboy reanudó su ocupación y el cabecilla continuó fumando en silencio. Su aspecto era ladino y pensativo. Su gente empezó a demostrar una gradual impaciencia, que revelaban el abandono de la primitiva languidez y la manera lenta de fumar sus cigarrillos. A poco un fornido sujeto de cráneo redondo y rostro rubicundo, lleno de costurones, se puso en pie y arrojó su cigarro. Era un americano.


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