Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Los compañeros del rebelde se apiñaron con gran algarabía en torno al afortunado descubridor del tesoro. Los preciados líquidos desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos, y su único defecto fue desencadenar un espíritu de franca temeridad. Los facciosos blancos comenzaron a rondar por el campo; algunos de los mejicanos les imitaron; otros quedaron a la expectativa, demostrando con su mal disimulada impaciencia la naturaleza de sus pensamientos.

Intrigó a Magdalena la conducta de Stewart y de sus camaradas. Al parecer no sentían ninguna inquietud ni siquiera un particular cuidado. Don Carlos, que les había estado observando a hurtadillas, escudriñaba ahora de un modo franco y descarado, mirando alternativamente a Stewart, a Nels y a Monty y luego a los demás cowboys. Mientras algunos de sus hombres barzoneaban, otros seguían pendientes de él, y su expectante actitud adquiría caracteres siniestros. El cabecilla parecía indeciso, mas en modo alguno confundido. Su semblante al mirar a Nels o a Monty presentaba los rasgos de un hombre al que falta resolución.

En su creciente excitación, Magdalena no había oído las palabras que Ambrosio le susurró al oído. Haciendo un esfuerzo apartó su mirada del espectáculo, cediendo su sitio al agazapado cowboy.

La calidad, la nota del murmullo de Ambrosio se había transformado en un ligero sonido sibilante.


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