Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Habiendo interrumpido su desasosegada paseata, el cabecilla de los guerrilleros volvióse hacia Stewart con una actitud algo audaz y resuelta.
—¡Gracias, señor! —dijo—. ¡Adiós! —Se descubrió, trazando con el sombrero un arco en dirección al portel que conducÃa de la montaña al rancho, y al completar el ademán, una sonrisa burlona y taimada apareció en su atezado rostro.
Ambrosio murmuró tan por lo bajo que Magdalena apenas pudo oÃrle.
—Si el granuja marcha por allà encontrará nuestros caballos y descubrirá la jugarreta. ¡Oh! ¡Ya se ha dado cuenta! Pero… apuesto a que no llega a poner los pies en el portel.
Stewart abandonó su indolente postura, y, sin prisa ni cautela, avanzó dos pasos hacia don Carlos.
—¡Vuélvase por dónde ha venido! —dijo; y su voz tenÃa la vibración de una trompeta.
Ambrosio dio un codazo a Magdalena. Su murmullo se hizo apremiante y tenso.
—No pierda usted detalle. Gene ha envidado. Lo que haya de ocurrir ocurrirá con la rapidez de un relámpago. ¡Vea! ¡Y eso que ése dice que no entiende el americano! ¡FÃjese! ¡Está más amarillo que un limón!