Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Magdalena experimentaba la sensación de irle reconociendo a cada palabra que pronunciaba. La sorpresa del cambio la hacía enmudecer. Tenía ante los ojos un hombre fornido, broncíneo, fuerte de quijada, de mirar aguileño, soberbio de estatura y, como los cowboys, ataviado con amplio cinturón, sombrero de anchas alas y sonoras espuelas. Su semblante, de rasgos duros como el acero, estremecíase al hablar. A ella parecíale que tan sólo en aquellos instantes, en que los recuerdos ablandaban a su hermano, podía hallar una semejanza con el rostro conocido. Sobre todo era la manera, el metal de voz, las peculiaridades de dicción lo que la convencía de que se trataba realmente de Alfredo. Antaño se había despedido de un jovenzuelo disoluto y desheredado por su padre. ¡Cómo recordaba aquel apuesto y pálido rostro, de despreocupada sonrisa y con el eterno cigarrillo colgando de los labios! Habían transcurrido unos años, y ahora se encontraba con un hombre… El Oeste había hecho el milagro y Magdalena experimentaba una apasionada alegría, una indecible gratitud, que refrenaba su súbito odio a la comarca.
—Majestad, tu idea de venir fue estupenda. Estoy confundido… ¿Cómo se te ocurrió? Pero, dejemos eso. Háblame de nuestro hermano.