Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Mientras Magdalena hablaba, Hawe pareció experimentar otro cambio. Su desconcierto había durado poco; pero fue para trocarse en hosca cólera, mientras su macilento rostro adquiría astuta expresión.
—Todo eso es muy interesante, señorita Hammond, casi tan interesante como una novela —dijo—. Y ya que es usted un testimonio voluntario quisiera hacerle algunas preguntas. ¿A qué hora llegó usted a El Cajón aquella noche?
—Después de las once —replicó Magdalena.
—¿Salió alguien a recibirla?
—No.
—El jefe de estación y el telegrafista se habían marchado va, ¿no es eso?
—Sí.
—Bueno. ¿Cuándo compareció este sujeto, Stewart? —continuó con una sonrisa Hawe.
—Algo después de mi llegada. Tal vez… quince minutos más tarde… Acaso algo más.
—Aquellos alrededores debían estar más bien oscuros y solitarios, ¿no?
—En efecto, lo estaban.
—¿Cuándo hirieron al mejicano? —preguntó Hawe, con los ojos chispeantes.