Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Su maligno discurso actuó de muy distinta forma sobre su auditorio. Stewart se estremeció, dando un salto de tigre; Stillwell llevóse las manos al cuello de la camisa, desgarrándolo como si temiera ahogarse; Alfredo avanzó unos pasos, hasta que le contuvo el frío y silencioso Nels; Monty Price lanzó un violento «¡Bah!», que era a la vez un silbido y un grito.
La confusión de su mente impidió a Magdalena interpretar con acierto aquellas reacciones tan extrañas para ella. Pero… eran significativas. Al iniciar su respuesta a la pregunta de Hawe, un escalofrío la recorrió de pies a cabeza:
—Stewart me… retuvo en la sala de espera —dijo con voz clara como el tañido de una campana—. Pero no estuvimos solos… todo el tiempo.
El único sonido que después de sus palabras pudo oírse fue el jadeo de Stewart. El semblante de Hawe se animo con una repulsiva expresión de sorpresa y deleite.
—¿La retuvo? —murmuró, alargando el cuello—. ¿Qué quiere decir…?
—Stewart estaba… bebido. El…
Con súbito ademán desesperado, el cowboy la interrumpió:
—¡Oh, señorita Hammond! ¡No… no… no! …