Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Luego pareció abismarse, con la cabeza baja, en su sonrojo. La manaza de Stillwell cayó sobre su hombro, y volviéndose hacía Magdalena dijo:
—Señorita Majestad, opino que obrará usted cuerdamente diciéndolo todo. No hay nadie entre nosotros capaz de tergiversar o interpretar de erróneo modo un acto suyo. Tal vez un rayo de luz venga a aclarar esta atmósfera. Sea lo que sea, lo que Stewart hizo aquella noche… dígalo usted.
El recuerdo de la impertinencia de Stewart turbo el digno continente y el dominio de sí misma de la joven. Con palabra rápida y entrecortada prosiguió: