Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Una tarde fue a caballo a los plantíos de alfalfa, dando una vuelta por ellos, y regresando por el desaguadero del embalse inferior, donde un grupo de mezquites había arraigado gracias al agua que se escurría por la arena, formando una arboleda llena de color y de vida. Bajo sus ramas había sombra bastante para hacer de aquel lugar un placentero punto de reposo. Echando pie a tierra, Magdalena pensó descansar un rato. Le agradaba el solitario paraje. En realidad era el único, cercano a la vivienda, que pudiese considerar como un retiro. Si salía al valle o ascendía a la mesa o a los cerros, se exponía a no encontrarse sola. Probablemente aun en aquel momento Stillwell o Nels sabían su paradero; mas como aquí se sentía relativamente oculta, imaginábase hallarse en una soledad mayor de lo que realmente era.