Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Majesty engalló la cabeza, sacudiendo la crin y mosqueando con la cola. Hubiera preferido mil veces desafiar al viento por la ladera del valle. Magdalena se sentó, retrepándose contra un árbol, y se quitó el sombrero. La suave brisa, que acariciaba su rostro y encrespaba su cabello, era deliciosamente fresca. Oyó la trisca del ganado, que se dirigía al abrevadero. Cesó este ruido, y el soto de mezquites pareció sumirse en el letargo del que sólo ella y su caballo dejaban de participar. Empero, unos momentos de atención bastaron para cerciorarse de que distaba mucho de ser así. Su excelente vista y agudeza de oído obtuvieron debida recompensa. Codornices tan grises como la tierra que las albergaba, se espolvoreaban en un umbrío recoveco. Una abeja, rápida como la luz, pasó zumbando. Vio a un cornudo sapo de color de piedra, agazapado, ocultándose medrosamente en la arena al alcance de su látigo, y el repugnante batracio se estremeció, hinchándose y lanzando un sibilante bufido. Era el instinto de lucha. La brisa mecía suavemente el escaso follaje de los mezquites, produciendo un melancólico suspiro. En lontananza y apenas discernible sobre los cerros un águila surcaba los aires. El rebuzno de un rucio puso una nota discordante en el conjunto. De un invisible apostadero un pájaro oscuro salió veloz, persiguiendo con irregular vuelo a un alado insecto. Magdalena oyó el seco chasquido del pico al cerrarse implacablemente. Realmente, a la sombra de los mezquites había algo más que vida.