Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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La luz la molestaba. Una completa oscuridad se avenía mejor a su extraña situación. Intentó recogerse y dormir, mas el sueño no era en ella cuestión de voluntad. Notaba insoportable ardor en las mejillas. Levantándose, las bañó en agua fría. Luego, desesperando ya de alcanzar el anhelado olvido, volvió a acostarse, vergonzosamente agradecida al manto de la noche. Los besos de Stewart estaban allí, abrasando sus labios, sus ojos, su garganta, penetrando cada vez más en su sangre, en su corazón, en su alma…, terribles besos de despedida de un hombre apasionado y duro. No obstante su bajeza, la había amado.

Ya muy entrada la noche, Magdalena consiguió dormirse. Por la mañana se levantó lánguida y pálida; pero en un estado mental que presagiaba tranquilidad.

Mucho después de su hora habitual, Magdalena acudió al despacho. La puerta estaba abierta, y en su quicio, retrepado en una silla, esperaba Stillwell.

—¡Buenos días, señorita Majestad! —dijo, levantándose a saludarla con su habitual cortesía. En su rugoso semblante leíanse evidentes señales de preocupación. Magdalena estremecióse interiormente, temerosa de volver a oír sus eternas lamentaciones acerca de Stewart. Luego vio en el patio aun flaco caballejo y a un pequeño rucio agobiado por enorme carga. El aspecto de ambos animales evidenciaba una larga y penosa jornada.

—¿De quién son? —preguntó.


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