Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¿Esas bestias? De Danny Mains —replicó Stillwell, con un carraspeo revelador de embarazo.
—¿De Danny Mains? —replicó Magdalena, asombrada.
—Eso creo haber dicho.
Stillwell no era en verdad el de siempre.
—¿Está Danny Mains aquí? —preguntó ella, con repentina curiosidad.
El viejo ganadero asintió hoscamente con la cabeza.
—Sí; aquí está, procedente de los cerros y pidiendo a voces ver a Bonita. Está loco por esa pícara de ojos negros. Apenas si acabó de saludarme cuando estaba ya haciendo mil desatinadas y ávidas preguntas. Tuve que llevarle a ver a Bonita, y con ella está hace más de media hora.
Stillwell sentíase a todas luces herido en su dignidad. La curiosidad de Magdalena se trocó en franco asombro, que trajo consigo una escalofriante presunción. Contuvo el aliento. Mil ideas distintas parecían agolparse en su mente, luchando por imponerse.