Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste En el pasillo resonaron rápidos pasos, acompañados del tintinear de espuelas. Un hombre joven salió al porche. Por su indumento, su garbo y su porte, asà como por la forma de llevar el revólver parecÃa un cowboy, mas su piel, en vez del familiar tinte rojizo, ofrecÃa un atezado claro y uniforme. Sus ojos azules y su cabello rubio y crespo dábanle un aire juvenil y franco. Al ver a Magdalena se quitó el sombrero y, llegando de un salto junto a ella, se apoderó de sus manos. Su rápida vehemencia no solamente la alarmó, sino que la recordó algo que deseaba olvidar.
El cowboy doblegó la cabeza, besando sus manos y estrechándoselas, y cuando se incorporó sus ojos estaban arrasados de lágrimas.
—Señorita Hammond… está en salvo y casi restablecida, y lo que yo más temÃa ha ocurrido… a Dios gracias —exclamó—, jamás podré pagar a usted cuanto ha hecho por ella. Ya me contaron cómo usted sacó la cara por ella y por Gene… y cómo por fin acabó Monty… en la forma que él deseaba… ¡con sus armas en la mano! ¡Pobre Monty! ¡Éramos muy buenos amigos! Pero no fue su amistad por mà lo que hizo obrar a Monty de aquel modo. Él la habrÃa salvado de todos modos. Monty Price era el hombre más leal que he conocido. Nels y Nick y Gene también son amigos mÃos, pero Monty… Monty era único. No supo jamás como tampoco lo sabe usted, ni Bill, ni los muchachos, lo que Bonita era para mÃ.