Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡Vaya! Llevamos ya varios meses de casados —replicó Danny, muy complacido—. Es obra de Gene. El buen Stewart es una fiera para los casorios. ¡Poco decidido que vengo a pagarle cuanto ha hecho por nosotros! HacÃa dos años que yo estaba enamorado de Bonita… Y Gene… tú ya sabes, Bill, lo que es Gene para las mujeres…; pues Gene… quiso… quiso hacer que Bonita me quisiera.
Las turbadoras y rápidas emociones de Magdalena desaparecieron en una oleada de infinito gozo. De su corazón pareció huir algo sombrÃo, profundo y siniestro. Súbitamente, experimentó una viva gratitud, hacia aquel sonriente cowboy cuyas azules pupilas relampagueaban a través de las lágrimas.
—¡Danny Mains! —exclamó, trémula y alborozada—. Si está usted tan contento como sus noticias me han puesto a mÃ… y si realmente cree que merezco tamaña recompensa… ¡puede abrazarme sobre la marcha!
Con azorada sorpresa, mas también con decidida complacencia, Danny Mains aceptó el gracioso privilegio. Stillwell lanzó un bufido. Comenzaban a apuntar indicios de su fenomenal sonrisa. A no ser por ellos Magdalena habrÃa tomado el bufido como una señal de furiosa censura.