Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Bill, échale el lazo a una silla —dijo Danny—. En estos últimos tiempos has encanecido, preocupándote de tus malas cabezas, Danny y Gene. Necesitas algo que te sostenga mientras cuento mi historia. La historia de mi vida, Bill. —Y trajo otro asiento para Magdalena—. Señorita Hammond, le ruego nuevamente que me perdone. Quiero que usted también lo oiga. Tiene usted los ojos y el semblante de una mujer que disfruta con la felicidad de los demás, y luego… me será más fácil hablar mirándola.
Su actitud cambió sutilmente. En ella habÃa tal vez un tinte de jactancia. Desde luego, perdió la dignidad que habÃa demostrado bajo la fuerza de su emoción; ahora era más bien un cowboy que se preparaba a fanfarronear con algún alarde o alguna sorprendente maniobra. Saliendo al porche, se quedó contemplando a los cansinos animales.
—¡Están derrengados! —exclamó.
Con la caracterÃstica e impulsiva violencia de los hombres de su clase, quitó al burro su farderÃa y al caballejo la silla y la brida.