Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡AsÃ! ¡Miradlos! ¡Mirad bien la última carga que llevaréis en vuestras vidas! ¡Habéis sido fieles y leales a Danny Mains y Danny Mains sabe pagar! ¡Mientras viváis no volveréis a saber lo que es una brida ni una cabezada, ni una traba! ¡Hierba y alfalfa y agua a la sombra y una polvorienta cañada en las que revolcaros y dormir!
Desatando el hato, sacó un pequeño saquito y volvió al porche. Deliberadamente vació el contenido a los pies de Stillwell. Pieza tras pieza de roca rodaron por el suelo. Eran trozos desiguales, ásperos, evidentemente arrancados de un saliente; su materia era blanquecina, con venas amarillentas, rayas y estrÃas. Stillwell los fue cogiendo uno tras otro, con los ojos desmedidamente abiertos, tartajeando, acercándolos a sus labios, rascándolos con temblorosa mano; luego se arrellanó en su silla, apoyando la cabeza en la pared, y al clavar la vista en Danny la famosa sonrisa empezó a transformar su rostro.
—¡Santo Dios, Danny! ¡Has ido, y te has hecho rico!
Danny miró a Stillwell con indecible condescendencia.
—¡Rico! —dijo—. Veamos, Bill, ¿qué te parece que tienes delante, poco más o menos?