Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste »Bien. Poco después me dejó solo, compareciendo luego con una guirnalda de flores amarillas en el cabello. Sus ojos negros echaban chispas de gozo. Dijo algunas cosas raras acerca de los espíritus que hacían rodar peñascos cañón abajo, y añadió que deseaba enseñarme el lugar donde iba a sentarse para esperarme cuando bajaba yo al llano. Me llevó por entre los riscos a una dilatada ladera. El lugar era precioso…, claro y despejado, con una enorme perspectiva, y el desierto a lo lejos, profundo y rojizo. En aquella ladera había flores amarillas, como las que llevaba en el cabello… Las mismas con que siglos antes se adornaba la muchacha apache que enseñó al padre la mina de oro.
»Cuando lo recordé y vi los ojos de Bonita y oí el extraño fragor de las rocas al caer, rodando, rodando hasta desaparecer… perdí la cabeza. Pero no fue por mucho tiempo. Las rocas rodaban ladera abajo, pero no debido a los espíritus, sino por la disgregación de los cantiles. Y allí, al pie de los riscos, estaba el oro.