Bajo el cielo del oeste

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—Le suplico, señora, que no interprete mal mi visita. Mi confesión aparte, sólo tengo el deber de hablarle del hombre cuya esposa es usted. Pero soy sacerdote y me es dado leer en el alma humana. Los actos divinos son inescrutables. Yo no soy más que un humilde instrumento de Dios. Señora, usted es una mujer noble y el señor Stewart un hombre de hierro del desierto, refundido y purificado en el crisol del amor. ¡Quién sabe! El señor Stewart juró matarme si le traicionaba, más sé que no alzará la mano contra mí. Porque le profesa un, grande y purísimo amor, que ha hecho de él otro hombre, ya no temo su amenaza, aunque tema su cólera si llega a saber que he hablado de su amor, de sus sueños. He contemplado su sombrío rostro volverse hacia el sol poniente en el desierto. Le he visto elevarlo a la luz de las estrellas. Considere, señora mía, lo que constituye su paraíso; amar a usted por encima de todo, saber que es usted su esposa, suya por siempre y para siempre; que no podrá pertenecer a otro, sino gracias a su sacrificio; contemplarla con una secreta refocilación[34] de alegría y de orgullo; situarse, cuando le es dable, entre usted y los peligros; hallar contentamiento en su servidumbre; esperar, sin que por su mente pase siquiera la tentación de decírselo, la hora de salir a buscar la muerte para devolverle la libertad a usted. ¡Es admirable, es sublime, es terrible! Su grandeza ha impulsado mi confesión. Repito, señora, que los actos de Dios son inescrutables. ¿Qué significa su influencia sobre el señor Stewart? Era un ser embrutecido, salvaje, dominado por sus pasiones; hoy es un hombre… un hombre sin par. Por eso yo, humilde sacerdote, la suplico que antes de enviar a Stewart a la muerte, se cerciore a conciencia de que no hay alguna oculta dispensación divina. Acaso el amor, elemento prepotente y bendito de la vida, está latente. He oído decir que en el opulento Este merece usted consideración de gran señora. Sé que es usted buena y noble y… con eso me basta. Para mí es usted… una mujer, como el señor Stewart es un hombre. Permítame, pues, que le implore que antes de consentir que Stewart le otorgue la libertad a costa de su vida, se asegure de que no quiere su amor, para evitarse el terrible remordimiento de haber repudiado algo muy dulce y muy grande que usted misma creó.


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