Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Los fúlgidos astros la hicieron ceder. Les murmuró su adhesión…, la adhesión al Oeste…, a Stewart, para siempre, vivo o muerto. Se entregó a su amor, y fue como si le tuviese a él en persona, cerca, sombrío el rostro de pupilas ardientes, violento en sus actos, estrechándola contra su pecho en aquel momento supremo de renunciación y despedida, besándola con abrasadores besos de pasión, y luego con labios fríos y terribles como los de la muerte que tal vez buscaba por ella.
«¡Soy su esposa!», susurró a su imagen. En aquel instante de abandono, exaltada, estremecida por su primera sumisión al amor, lo habría dado todo, la vida incluso, por verse otra vez en sus brazos, sentir sus labios, poder alejar para siempre de su mente toda idea de estéril sacrificio.
A la mañana siguiente, cuando Magdalena salió al porche, Stillwell, desencajado y ceñudo, le entregó un mensaje de El Cajón, mascullando breves palabras incoherentes: Ella leyó:
Capitán Stewart capturado ayer por tropas rebeldes en Agua Prieta. Era uno de los mejores tiradores de las filas federales. Sentencia de muerte ejecutaráse jueves, al ponerse el sol.