Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste No llegaba mensaje alguno. Al anochecer salió afuera, sufriendo el tormento de su creciente incertidumbre. De cara al desierto, rogó implorando fortaleza, mas el yermo no influía en ella como las desapasionadas, inmutables estrellas que aplacaban su espíritu. Aparecía rojizo, variable, y envuelta en sombras, terrible como su genio. Un crepúsculo velado por el polvo coloreó la vasta y sombría extensión, el melancólico erial de rocas y arena. El ceñudo Chiricahua aparecía negro y trágico. Los lejanos picachos azulinos de las Guadalupes le llamaban con irresistible atracción. Allá, Dios sabe dónde, estaba Stewart, esperando también, esperando el paso de unas horas, para él breves y escasas, para ella interminables, eternas.