Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Cayó la noche y los blancos astros, despiadados, la chasquearon. Buscó la reclusión de su aposento y la oscuridad, yaciendo allí con los ojos desmedidamente abiertos, esperando, esperando. Las místicas soñadoras irrealidades de la noche la habían afectado siempre y a la sazón su mente se movía entre una masa monstruosa y vaga de sombras. Oyó el mesurado paso de un centinela, el susurro del viento, el remoto y plañidero aullido de un coyote. Luego, el plúmbeo silencio nocturno la aisló con temible opresión. Tanto duró la negrura que cuando los huecos de las ventanas comenzaron a recortarse en gris, creyó que era su imaginación y que la aurora estaba aún lejos. Pedía al cielo que no saliera el sol, que no comenzase la breve jornada hacia lo que podía ser un ocaso fatal para Stewart. Mas apuntó el alba, rápida, inexorable, a su juicio. ¡Empezó un nuevo día y era jueves!
El vibrante repiqueteo del teléfono la sobresaltó, sacándola de su inacción. Corrió a la llamada.
—¡Oiga! ¡Oiga! ¡Señorita Majestad! ¡Soy Link! ¡Mensajes para usted! Según dijo el telegrafista, favorables. ¡Salgo con ellos! ¡Iré de prisa!