Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Nada más. Magdalena oyó el golpe del auricular soltado bruscamente por Stevens. ¡Hubiera deseado saber más, pero agradecía en el alma lo que acababa de oír! ¡Favorables! ¡Luego Stillwell había tenido éxito en su empresa! Su corazón dio un desordenado brinco. Súbitamente sintióse desfallecer y sus manos perdieron su habitual destreza. Tardó a su juicio mil años en vestirse. El desayuno tuvo escasa significación, salvo como medio de pasar interminables minutos.
Un lejano zumbido que, acrecentándose, acabó en atronador estruendo, anunció la llegada de Stevens con el auto. Si sus pies hubiesen ido a una con su corazón, habría ganado en celeridad al coche. Vio a Link con el casco en la nuca, reloj en mano, mirándola con su alegre sonrisa y la ya habitual excusa en los labios.
—Cincuenta y tres minutos, señorita Majestad.
Pero… tuve que ir sorteando una manada de novillos y quitar a dos o tres de en medio.
Le entregó un fajo de telegramas. Magdalena los abrió con dedos temblorosos, y los leyó con ojos empapados por un velo. Algunos procedían de Washington, asegurándole pronta y eficaz intervención; otros de Nueva York; otros mas, en español, de El Paso, imposibles de traducir de una ojeada. ¿No encontraría nunca el de Stillwell? Era el último y el más largo. Decía: