Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Señorita Majestad…, ¡es imposible! —exclamó—. Stillwell está loco proponiéndolo.
—¿Puede irse en automóvil de aquà al norte de Méjico, Link?
—SÃ; pero… con tiempo.
—Tendremos que hacerlo con poco tiempo —prosiguió anhelante—. De no ser asÃ… probablemente… fusilaran… a Stewart.
Link Stevens pareció súbitamente desanimarse, encogerse, perder toda su tÃpica vivacidad, avejentarse.
—Soy únicamente… un cowboy, señorita Majestad —dijo tartamudeando. Prodújose en él un curioso cambio. Y la jornada… será horrible, hasta la divisoria. Si por extraordinario azar no hago polvo el coche, llegara usted allá con el cabello blanco. Después de esta excursión habrá usted perdido para siempre su temple y su ecuanimidad.
—Soy la esposa de Stewart —le contestó, mirándole no con idea de persuadirle o animarle, sino sencillamente para darle a entender la magnitud de la confianza en él depositada.
Link experimentó un violento sobresalto… Era la misma reacción de Stewart, la misma memorable actitud de Monty Price. Aquel hombre era de la misma salvaje raza.