Bajo el cielo del oeste

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Hubiera sido fútil darle las gracias. Magdalena se limitó a encargarle que dijese a Nels y a los demás cowboys francos de servicio que se presentasen en el rancho. Cuando Link se hubo marchado, la joven dedicó unos instantes a la preparación de su viaje. En un saco de mano guardó el efectivo de que disponía y los telegramas. Su indumento, ligero y blanco, no era el más a propósito para el viaje, pero no quiso arriesgarse a perder los minutos que un cambio hubiese requerido. Endosóse un amplio abrigo, envolviéndose la cabeza en velos dispuestos de modo que en caso necesario pudieran cubrirle el rostro. Por precaución tomó un par de anteojos para Nels, y, poniéndose les guantes, salió dispuesta para emprender la marcha.

Un grupo de cowboys la esperaba. Les explicó la situación y les dejó al cuidado de su hogar. Luego pidió a Nels que la acompañase. El interpelado palideció horriblemente, lo que trajo a la memoria de Magdalena el mortal terror que el coche y Link le inspiraban.

—Nels, siento en el alma tener que pedírselo —añadió—. Sé que aborrece usted el coche, pero… le necesito…, le puedo necesitar… ¡Oh, y tanto!



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