Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡Señorita Majestad! ¿De dónde ha sacado usted que yo aborrezco el coche? —rezongó lentamente—. No es más que envidia que le tengo a Link; y los muchachos empezaron a bromear diciendo que me daba miedo el ir aprisa. Le aseguro que me siento gozoso de acompañarla. Si no me lo hubiese pedido, me habrÃa ofendido grandemente, porque yendo entre peones me necesitará de fijo.
Ni su sosegado discurso, ni el familiar fanfarroneo, ni la sonrisa con que acompañó sus palabras engañaron a Magdalena. Su semblante seguÃa lÃvido. Por incomprensible que pareciese, Nels tenÃa un solo temor casi insuperable, que era el automóvil. Pero asà y todo mintió. Aquà manifestábase de nuevo aquel raro atributo de fidelidad.
Magdalena oyó el zumbido del motor. Por el declive apareció Link, que avanzó y se detuvo ante el porche. A ambos lados del vehÃculo, el excowboy habÃa atado dos largos y sólidos tablones, y en cuantos sitios el espacio se lo permitÃa llevaba neumáticos de repuesto. Un barril de regular tamaño ocupaba uno de los asientos posteriores; el otro asiento estaba lleno de herramientas y cordajes, quedando el espacio preciso para encajarse Nels. Link instaló a Magdalena a su lado, y empuñó el volante. La joven saludó con la mano a los silenciosos cowboys, reunidos en el porche. Nadie despegó los labios.