Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste El auto salió del patio, pasó del llano a la pendiente, y fue avanzando velozmente, declive abajo, hasta la carretera del valle. Cada ráfaga de aire anunciaba con Ãmpetu creciente a Magdalena un aumento de velocidad. Ella echó una ojeada al serpenteante camino, liso, sin obstáculos, que se perdÃa en el fondo gris de la lejanÃa, y otro a la impávida figura forrada de cuero que tenÃa al lado; después echóse el velo sobre el rostro, anudándoselo al cuello para que se le desprendiera.
La fuerza del viento fue acrecentándose hasta parecer un algo tangible que la oprimiese contra el respaldo de su asiento. SentÃa a sus plantas la constante uniformidad y la inconcebible y rápida vibración del motor, sentÃa de vez en cuando un balanceo como si estuviese a punto de verse lanzada por los aires; pero ninguna sacudida vino a turbar la fácil celeridad del coche. Los diversos ruidos se fundÃan en un continuo zumbido. El viento llegó a hacerse insoportable; la presión sobre su pecho dificultaba penosamente la tarea de respirar. Para Magdalena el tiempo pasaba con igual rapidez que las millas. Llegó un momento en que advirtió una diferencia en el zumbido y en la vibración, en el incesante e invisible peso que le agobiaba. La diferencia fue acentuándose. Link aminoré la velocidad. Por el rápido cambio de sensaciones, Magdalena comprendió que iban a una marcha normal y moderada.