Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Aprovechó la coyuntura para quitarse los anteojos y el velo. Era un alivio poder respirar libremente, poder valerse de los ojos. A la derecha y no muy distante, veÃase la pequeña población de Chiricahua, y su vista le recordó a Stewart en una forma extraña a la constante idea que tenÃa de él. A la izquierda se extendÃa el valle gris. El rojizo desierto quedaba oculto a la vista, pero las montañas de Guadalupe se dibujaban imponentes en el Sudoeste.
Frente a Chiricahua, en el sitio donde la carretera se bifurca, Link Stevens enfiló directamente hacia el Sur, aumentando de modo gradual la marcha. Magdalena se dispuso a afrontar otro interminable y gris declive. Era el valle de San Bernardino. El ya familiar zumbido y la fuerza del viento previnieron a la joven, por lo que ésta aseguróse nuevamente el velo y los anteojos sobre el rostro. Asà era como si viajase de noche. El auto aceleró la marcha y con ello aumentó la fuerza del viento, que sujetó a Magdalena en su asiento como en un cepo. Los minutos volaron de nuevo al compás de las millas. Evidentemente, el coche acrecentaba la velocidad hasta un determinado grado, luego llegaba un perÃodo de sostenida regularidad, y después una disminución de movimiento y de sonido. Descubriéndose el rostro, vio que Link cruzaba otro pueblo. ¿PodÃa ser San Bernardino? Se lo preguntó…, repitió la pregunta.
—¡Claro! —replicó—. ¡Ochenta millas!