Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Mucho temo, Alfredo, que no siempre encuentran verdadero amor y verdaderos hombres las muchachas americanas que contraen enlaces internacionales. Elena puede decirlo. Será elección suya, pero si se casa con Anglesbury será desgraciada.
—Le estará bien empleado —declaró su hermano—. Elena se dejó seducir siempre por el brillo, la adulación, la vanagloria. Me apuesto a que lo único que conoce de Anglesbury son los cintajos y el oropel de su uniforme.
—Siento decirlo porque Anglesbury es un caballero; pero, a mi juicio, lo que busca es dinero. Dime, Alfredo ¿cómo llegaron a saber tanto de mi por acá? Te juro que me quedé atónita al oÃrme llamar Majestad por Florencia.
—Me imagino la sorpresa —replicó él, riendo—. A Florencia le hable yo de ti…, le di un retrato tuvo. Y, naturalmente, como buena mujer, se lo enseñó a todo el mundo y… se fue de la lengua. Está entusiasmada contigo. Además, querida, de vez en cuando nos llegan diarios de Nueva York y podemos ver y leer. Tal vez lo ignores, pero tú y tus amistades sociales constituÃs un tema de gran interés para los Estados Unidos en general y el Oeste en particular. Los periódicos vienen llenos de vosotros y de un montón de cosas que tal vez nunca hicisteis.