Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Podía haber previsto el espectáculo que se ofreció a sus ojos al llegar a la cumbre del collado. A sus pies se extendía el desierto. Desde lejos era ya de por sí impresionante, mas, al punto de entrar en sus rojizas fauces, la impetuosa confianza de Magdalena sufrió el primer descalabro. En el rancho, a su alrededor tenía el desierto, desierto eran también los valles, mas aquello era distinto. Allí comenzaba el verdadero yermo, que se adentraba en Méjico, e invadía Arizona y California hasta el Pacífico. Vio un desnudo y ondulado collado por cuya ladera el auto se deslizaba y cuya vertiente parecía fundirse en un caos de roca y arena, salpicado de planicies y hondonadas, surcado por cañones y montañas de puntiagudas y dentadas agujas. Las lejanas Sierras Madres eran más claras, más azules, menos caliginosas y sugestivas. La tenaz fe de Magdalena la sostuvo ante tamaños obstáculos. Más tarde, el desierto, que había desplegado ante ella su inmensidad, pareció irse elevando gradualmente, perder sus distintas márgenes, condensar sus variables tonos y sombras, y por fin, disimular, ocultándolas, sus terribles simas y solemnes alturas tras unas lomas rojizas que parecían centinelas apostados en su entrada.





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