Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Un salto del coche, que zarandeó a Magdalena, atrajo su atención sobre la forma en que Link Stevens conducía y sobre el terreno inmediato, descubriendo que estaba siguiendo un antiguo camino carretero. Al pie de la larga pendiente hallaron un suelo más accidentado, y Link hubo de adoptar cautamente una marcha en zigzag. Desaparecía todo rastro de carretera para reaparecer más tarde. Pero Link, que no se atuvo siempre a su trazado, tomó atajos, cruces, rodeos, y constantemente pareció internarse en un laberinto de dunas bajas y rojizas, hocinos y gollizos de bancos de grava, collados de mayor elevación. Sin embargo, Link no perdía terreno ni se aventuraba en lugar alguno que no tuviera salida posible. Hasta entonces no había dado marcha atrás ni una sola vez, lo que a juicio de Magdalena revelaba el maravilloso golpe de vista del cowboy, que hacía realizable la jornada. Conocía el terreno, no titubeaba y luego de haber tomado una dirección la seguía sin vacilar.

En el gollizo de un amplio cañón, entró en un terreno aluvial en el que las ruedas apenas avanzaban en la arena. El sol caía como fuego, el polvo sofocaba. No corría el más leve soplo de aire y el silencio era absoluto, fuera del laborioso jadear del motor y alguna roca que caía rodando, desprendida de los cantiles.


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