Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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El paso de tortuga comenzó a entibiar la confianza de Magdalena. Link le confió el volante, y, apeándose, llamó a Nels en su ayuda. Cuando la joven le vio utilizar los tablones que llevaba en los estribos, para ponerlos a modo de pasaderas bajo las ruedas, comprendió lo ingenioso de la prevención de Link. Con la ayuda de aquellas tablas consiguieron sacar el coche de un movedizo arenal, imposible de atravesar de otro modo.

El cañón fue ensanchándose, ofreciendo una dilatada perspectiva sin nada que obstruyese la vista durante varias millas. El desierto iba ascendiendo en una serie de tramos y plataformas, y a la matutina luz, con el sol refulgiendo en las mesas y escarpaduras, aparecía de un color gris, pardusco, pétreo, pizarra, amarillo, rojo, y, dominándolos todos de un sombrío ruginoso. Al frente veíase una extensa llanura con el suelo barrido por el viento y duro como roca. Link aprovechó hasta el límite aquel trecho libre. Atronó los oídos de Magdalena un ruido similar al zumbido de una monstruosa abeja, junto con un peculiar e incesante crujido que, después de mucho cavilar, atribuyó a la grava y arena de debajo de las ruedas del coche. El gigantesco motor alcanzó una velocidad tal que la joven podía únicamente distinguir de modo vago los mojones o marcas del frente cuando el viento le permitía abrir los ojos.


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