Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste ¡Qué angustiosa era aquella mal oliente y atestada plaza! El sol rojizo y declinante sesgaba va hacia el Oeste, mas su fuego era aún abrasador. Un enjambre de moscas zumbaba en torno al coche. La sombra de los busardos cruzaba sobre Magdalena. Sobre el tejado de una casa vio una hilera de aquellos enormes pajarracos siniestros. No parecían dormir ni descansar. Esperaban. Lucho contra la horrible idea que apuntaba en su espíritu. Los rebeldes y los guerrilleros… ¡Qué infelices, fanáticos, amarillentos, escuálidos! Contemplaban a Link con abierta curiosidad mientras repasaba el motor. No había dos iguales, y todos iban cubiertos de andrajos. Las brillantes pupilas parecían hundidas en las cuencas. Se tocaban con amplios sombreros de fieltro, negro o pardo, de paja o de tela. Todos llevaban biricú o faja de la que pendía un arma. Algunos gastaban botas, otros mocasines, no pocos iban descalzos. Era una turba vocinglera, gesticulante, excitada. Magdalena sintió un escalofrío al pensar que pudiera apoderarse de aquellos desgraciados revolucionarios un frenesí por derramar sangre humana. Si lo que buscaban peleando era la libertad, ciertamente no lo evidenciaba su aspecto. Se preguntaba si sus oficiales serían tipos de la misma calaña. Lo que la conmovió y despertó su compasión fue el hecho de que cada uno de los componentes de aquella horda, por andrajoso y sucio que anduviera, llevaba algún ornamento, alguna borla o franja o encaje o algún corbatín, algo que ponía de manifiesto la innata vanidad que era el único joyel de sus almas.