Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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El descenso de aquella elevación fue difícil, extremadamente azaroso, pero Link lo efectuó a toda marcha. En la base del cerro las rocas y la arena le detuvieron. Luego, al tomar una abrupta curva un cacto destrozó otro neumático. El ímpetu del coche hizo que fuera a dar de lleno en la planta y que se agujereara el segundo de los delanteros. Nels y Link trabajaron como fieras. Estremeciéndose, Magdalena sintió la mengua del calor solar, vio con ojos horrorizados el avance de las sombras por el desierto. No se atrevió a mirar atrás, vara comprobar a qué distancia estaba el sol del horizonte. Quería preguntárselo a Nels. Una de las más extrañas particularidades de aquella tornada fue la ausencia de conversaciones. Hasta entonces nadie había desplegado los labios. Magdalena anhelaba gritar y decirle a Link que se apresurase.

Pero él era más que humanamente activo en todas sus acciones. Y así, con sellados labios, con el fuego interior que empezaba ya a enfriarse, con el desaliento que se apoderaba de su espíritu, atisbaba e imploraba ansiosamente la llegada de un camino recto y sin tropiezos.





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