Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste De pronto vio atendida su plegaria al aparecer ante ella millas y más millas de estrecho sendero que desaparecían como un sutil trazo blanco en la distante verdura. El corazón de Link saltó tal vez en su pecho como el de Magdalena. El coche pareció responder con su rugido a la llamada de la joven, no por silenciosa menos intensa y desgarradora. ¡Aprisa! ¡Aprisa! ¡Aprisa! El rugido convirtióse en zumbido, para luego trocarse en otra cosa… que ella no podía escuchar. El viento era ahora pesado, imponderable; no era ya una cosa rápida y plástica, sino algo sólido, a modo de muralla que se abatía sobre su pecho y que la oprimía con tan irresistible violencia que la paralizaba. Las plantas, a ambos lados del camino, transformábanse en dos especies de estrías continuas que huían apenas alcanzadas. Los objetos se hicieron confusos e indistintos, el blanco camino pareció poblarse de surcos, el cielo cubrirse de más rojizos resplandores.