Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Magdalena, comprendiendo que su vista le hacía traición, se volvió a mirar a Link Stevens. La jornada había llegado a tener para él tanta importancia como para ella. Se inclinaba sobre el volante más agazapado que nunca, rígido, tenso en grado máximo, terrible, implacable. Era su hora y valía la pena de aprovecharla. El más ligero contacto de una de las ruedas contra alguna de las infinitas púas que los cactos proyectaban, habría ocasionado una sacudida…, una terrible oleada de aire… y el foral de la jornada. Magdalena creyó ver que el semblante de Link estaba gris y sus apretados labios, blancos, huérfanos de su característica sonrisa. Link no era algo diabólico, sino un ser verdaderamente humano. Sintió Magdalena un extraño ardor de fraternal comunidad. Link comprendía el alma femenina como Monty Price la había comprendido. Link era un animado autómata, un impetuoso, obstinado, invencible instrumento de la voluntad de una mujer, a cuya pasión subordinaba su energía. Link se había puesto a la altura de ella, adivinando la grandeza de su amor y comprendiendo la intensidad de su angustia. Y este conocimiento le hacía heroico. Pero era su dura vida anterior, los salvajes años de peligro en el desierto, el compañerismo de hombres implacables, lo elemental, lo que hacía posible la hazaña física. Magdalena reverenció su espíritu y glorificó al hombre.



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