Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste En su corazón quedó indeleblemente impresa la imagen corcovada e informe de Link, aferrado con inquebrantable e imperecedera fuerza al volante, blanca la faz como una máscara de mármol.
Ésta fue la última impresión clara que tuvo de la jornada Magdalena. Cegada, aturdida, hubo de sucumbir ante las exigencias impuestas a su resistencia. Desvanecida, cayó hacia atrás, apenas consciente del sostén de una mano auxiliadora. La confusión se apoderó de sus sentidos. Todo en torno de ella era un caos sombrío, hacia el que se precipitaba veloz bajo la iracunda mirada del sol poniente. Luego, como había perdido el sentido del oído y de la visión, creyó que las cosas carecían de color. Pero la larga carrera no disminuía…, una carrera loca a través del espacio, opaco e ilimitado. Durante momentos, horas, siglos, sintióse lanzada a la velocidad de una estrella errante. La tierra entera parecía un colosal automóvil, que volaba por una pista infinita a través del universo. Fantásticas formas de cactos espectrales, grandes como pinos, la aguijoneaban con sus gigantescas púas. Se convirtió en un ser inestable dentro de un cosmos incoloro, informe, sin sonido, de cosas inconexas, pero siempre corriendo, siempre volando al encuentro de la negrura que la obsesionaba sin alcanzarla nunca.