Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡Señora! ¡Será un bellÃsimo espectáculo! —Montes tomó el pañuelo de manos del soldado. Sus pupilas tenÃan un extraño y glacial fulgor. Su voz era baja e intensa. Para él el momento era espléndido—. Voy a agitar el pañuelo, señora. Será la señal. La percibirán al otro lado de la carretera. El carcelero del señor Stewart la verá, le quitará las esposas, abrirá la puerta de su celda. Stewart será libre. Pero no lo sabrá. Esperará la muerte. Como es un valiente la afrontará. Vendrá hacia aquÃ, esperando a cada paso la descarga desde un punto desconocido. Mas…, esperándola sin temblar. He visto a «El Capitán» combatir en el campo de batalla, señora. ¿Qué es para él la muerte? ¿No será magnÃfico verle? Verá usted qué clase de hombre es, señora; a cada paso esperará una muerte rápida, certera. Y… al final de su paseo hallará a su bellÃsima esposa.
—¿No hay… no hay posibilidad de un error? —preguntó tartamudeando Magdalena.
—En absoluto. Mi orden incluÃa el descargar las armas. —Y ¿don Carlos?
—Está preso; ha de dar cuenta al general Salazar de sus actos —replicó Montes.