Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Magdalena miro hacia la desierta carretera. ¡Qué extraño ver el postrero resplandor del sol sobre la cima de la sierra! Aquel crepúsculo había sido para ella la más horrible pesadilla. Sin embargo, ésta se había desvanecido, y ahora el crepúsculo aparecía luminoso, bellísimo, profético.

Con el corazón contraído por la angustia y la alegría vio a Montes agitar el pañuelo.

Esperó. En el solitario camino no ocurrió cambio alguno. En el aposento reinaba absoluto silencio. ¡Qué terrible, qué infinitamente larga parecía la espera! Jamás olvidaría en el resto de su vida las Pintorescas casitas blancas, azules y rojas, con sus tejados pardos. Aquella polvorienta y desnuda carretera parecía una de las calles desenterradas de Pompeya con su aspecto de soledad secular.

De pronto se abrió una puerta y en su umbral apareció un hombre de elevada estatura.

Magdalena reconoció a Stewart. Trastornada por la emoción, hubo de apoyarse con ambas manos en el alféizar de la ventana para sostenerse. ¡Stewart vivía! ¡Era libre! Había salido afuera, a la luz. Le había salvado ella. La vida se transformo para Magdalena en aquel momento en que comprobaba todo eso, haciéndose dulce, plena, extraña.


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