Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Stillwell hizo una pausa en su relato para enjugarse el sudor y recobrar aliento. Su rostro comenzó a perder su rigidez, se alteró, ablandándose, agitándose y arrugándose hasta que toda aquella extraña movilidad se convirtió en una maravillosa sonrisa.
—Entonces, señorita Majestad, entonces ocurrió algo serio. Stewart le arrancó el revólver de la mano a Pat, tirándolo al suelo. Lo que siguió fue estupendo. El espectáculo más estupendo que he visto en mi vida. Sólo que… ¡se acabó tan pronto! Poco después, cuando llegó el doctor, tenÃa otro cliente, a más del mejicano. Otro cliente que, según dijo, tardarÃa lo menos cuatro meses en volverse a levantar y sentirse de buen humor… Y Gene Stewart estaba camino de la divisoria.