Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Majestad, vas a ver lo que es bueno —dijo alegremente—. Lamento tener que darte prisa, pero tenemos que estar en el rancho cuanto antes; mañana empieza el rodeo de otoño. Irás en el faetón con Florencia y Stillwell. Yo saldré adelante con los muchachos y arreglare un poco las cosas en el rancho para ti… Tu equipaje nos seguirá, pero no cuentes con él hasta mañana. Es un recorrido regular…, casi cincuenta millas de camino carretero. Flo, no olvides de poner un par de mantas. AbrÃgala bien y despabilaos. Estamos esperando.
Poco después, cuando Magdalena salió con Florencia, comenzaba a alborear. Los caballos mascaban el bocado, pateando la grava.
—Buenos dÃas, señorita Majestad —gangueó Stillwell, desde el pescante del alto vehÃculo.
Alfredo la acomodó en el asiento trasero, y a Florencia a su lado, envolviendo a ambas con las mantas. Luego montó a caballo y saltó al galope.
—¡A… hup! —gruñó Stillwell, y haciendo restallar el látigo puso el tronco al trote. Florencia murmuró al oÃdo de Magdalena:
—Por las mañanas temprano, Bill está que muerde. Luego, al templar el dÃa se va amansando.