Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Tan escasa era aún la luz que no le fue posible a Magdalena distinguir sino confusamente los objetos, por lo que salió de El Cajón sin saber en realidad cómo era el pueblo. Lo único que a ciencia cierta supo era que se alegraba de dejarlo atrás, y con él los persistentes y pesarosos recuerdos de su llegada.
—¡Aquí llegan los cowboys! —dijo Florencia.
Apareció por la derecha una hilera de jinetes, alineándose detrás de Alfredo y alejándose gradualmente hasta perderse de vista. Mientras Magdalena los contemplaba, la grisácea penumbra se convirtió en franco amanecer. A su alrededor todo parecía desnudo y sombrío; el horizonte limitado, sin que ni un árbol ni una colina viniesen a romper la monotonía del paisaje. El suelo era aparentemente llano, pero el camino subía y bajaba, salvando pequeñas lomas. Magdalena miró hacia atrás en la dirección de El Cajón, buscando las montañas que viera la víspera, mas no logró percibir sino planicie árida y oscura, como la que tenía delante.
Una ráfaga de viento frío azotó su rostro, y la hizo estremecer. Al notarlo, Florencia añadió una segunda manta a su envoltura, arropándola hasta la barbilla.
—Por poco aire que haga lo notará usted —dijo la muchacha del Oeste.