Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Magdalena replicó que ya lo habÃa notado. El aire parecÃa penetrar las mantas. Era frÃo, purÃsimo y cortante, tan fino que se veÃa obligada a respirar con la misma aceleración que si hubiese realizado algún ejercicio. Experimentaba en la nariz y en los pulmones un extraño escozor.
—¿No tiene usted f… frÃ… frÃo…? —preguntó a Florencia.
—¿Yo? —contestó riendo—. ¡Ya estoy acostumbrada! ¡No lo siento nunca!
Iba sin guantes, con las manos fuera de las mantas que evidentemente no necesitaba. Magdalena pensó no haber visto jamás una muchacha tan lozana y de salud tan espléndida.
—¿,Le gusta ver salir el sol? —preguntó Florencia.
—SÃ…, creo que sà —replicó pensativamente Magdalena—. A decir verdad, hace años que no lo he visto.
—Los amaneceres aquà son espléndidos y las puestas de sol, en el rancho, maravillosas.