Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Al Este, vislumbrábanse tenues lÃneas de luz rosada al nivel del horizonte, que parecÃa retroceder al apuntar el dÃa. Un banco de nubes sutiles y vaporosas tomaba tonalidades carmÃneas. Al Sur y Oeste el cielo, aun oscuro, variaba por momentos, acentuándose su azul; por Oriente adquirÃa un tinte opalino, cuyo centro era un manchón de luz dorada cuya intensidad se fue concentrando hasta parecer de fuego. Sobre el oscuro horizonte se destaco un brillante disco. Era el sol, que, elevándose rápido, disperso las negruras entre los promontorios y dio calor y distancia a la inmensa extensión de la llanura.
—¡Bravo! ¡Bravo! —rezongó Stillwell, estirando los brazos como si se despertase en aquel momento—. ¡Esto ya es más agradable!
Florencia hizo un guiño, mirando a Magdalena.
—¡Hermoso dÃa, muchachas! —prosiguió Bill, haciendo chasquear el látigo—. Señorita Majestad, la excursión de hoy no tiene nada de interesante por ahora; pero cuando hayamos ascendido un poco más le gustará. ¡Mire! Mire hacia el Sudeste, allÃ, por encima del más lejano promontorio.
Magdalena recorrió con la vista el horizonte gris donde veÃanse azuladas espiras elevarse allende el cerro.