Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Magdalena vio su primera liebre. Era casi del tamaño de un perro y estaba dotada de descomunales orejas. Parecía tan mansa, que los caballos la envolvieron en el polvo que sus cascos levantaban, sin que variase de posición. Bill y Florencia rivalizaban en, celo por enseñar a Magdalena las diversas novedades del camino. Coyotes, escurriéndose con el rabo entre piernas por los matorrales; gallinazos revoloteando sobre el cuerpo de una vaca que había perecido en el pantano; curiosos lagartos diminutos que cruzaban veloces la carretera; rebaños paciendo en las hondonadas; las cabañas de adobe de los rabadanes mejicanos; potros salvajes, de hirsuto pelaje, contemplándoles con engalladas cabezas desde las crestas de los oteros…, cosas todas que Magdalena miro indiferente al principio, porque la indiferencia había llegado a ser en ella natural, y luego con un interés que fue acrecentándose a medida que avanzaban. El espectáculo de un rapazuelo mejicano, jinete en el burro más pequeño que viera en su vida, le abrió los ojos a la verdad. Se dio cuenta de que despertaban en ella dos sentimientos largo tiempo amortiguados o reprimidos: entusiasmo y deleite. Al comprenderlo, respiró profundamente el frío y penetrante aire, experimentando una íntima alegría. Adivinó, aunque ignoraba la razón, que de allí en adelante en su vida hallaría algo nuevo, algo que hasta entonces no sintió jamás, algo saludable y beneficioso para su alma en aquella existencia rústica, natural, vulgar y salvaje.