Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Entre tanto, mientras miraba a su alrededor y escuchaba a sus compañeros, el sol se elevaba en el horizonte, caldeando poco a poco la atmósfera; los caballos mantenÃan incansables su regular trote, dejando atrás milla tras milla de ondulante camino.
Desde la cresta de un otero Magdalena vislumbro una barrancada en la que algunos de los cowboys habÃan hecho alto, sentados en torno a una hoguera, evidentemente ocupados en la preparación del almuerzo. Sus caballos pacÃan entre la alta hierba gris.
—El olor a leña quemada me hace venir el agua a la boca —dijo Stillwell—. Tengo hambre. Nos detendremos aquà para que descansen los caballos. Hasta el rancho les queda un buen tirón.
Paro el carruaje en las cercanÃas del campamento, y, apeándose, comenzó a desenjaezar el tronco. Florencia salto la primera para ayudar a Magdalena.
—Dé usted unos cuantos pasos —aconsejó—. Debe tener las piernas entumecidas, después de estar sentada tanto tiempo; yo prepararé el almuerzo.