Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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—A todos los cowboys les gusta flirtear —dijo Florencia, como enunciando un detalle sin importancia. Pero Magdalena advirtió en sus pupilas un malicioso centelleo. Los aludidos la oyeron, y el efecto fue mágico. Abochornados y confusos, se afanaron en un sinfín de inútiles tareas. Magdalena no acertó a explicarse en qué habían pecado de osados, aunque evidentemente se reconocían culpables. Recordó el modo de mirar de los ingleses, fríamente apreciativo; el de los franceses, muy imprudente; el de los españoles, tan fogoso…, experiencias inevitables para toda muchacha americana que viaja por el extranjero. Comparados con aquéllos, los ojos de los cowboys tenían la sonriente inocencia de la niñez.

—¡Ja! ¡Ja! —gruñó Stillwell—. Florencia ha puesto el dedo en la llaga. Los cowboys son unos incorregibles flirteadores. Ya me extrañaba que hubiesen hecho alto por acá. Éste no es un lugar a propósito; aquí no hay leña, ni hierba, ni nada. Esos muchachos acamparon simplemente para esperarnos. No me sorprende en Booly y en Ned…, son jóvenes y retozones…; pero en cuanto a Nels…, ¡si puede ser vuestro padre!… ¡Verdaderamente es muy extraño!

Siguió un silencio. El encanecido Nels agitábase vanamente detrás de la hoguera, y luego emergió con el semblante encendido como la grana.


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