Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Stillwell echó a andar, con la cabeza sobre el pecho, mascullando palabras imperceptibles. A unos treinta pasos del campamento se detuvo en seco, dejándose caer otra vez de rodillas. Luego fue arrastrándose, buscando nuevas huellas.
—Nels, quienquiera que fuese el que montaba el jaco de Gene, se encontró con alguien… Y los dos se detuvieron sin echar pie a tierra.
—Como tuyo, el razonamiento es admisible —concedió el cowboy.
Stillwell se incorporó y fuese rápidamente hacia la izquierda; luego se detuvo, y marchando de nuevo de cara al Sudeste, regreso al punto de partida, enfrentándose con el imperturbable cowboy.
—Nels, esto no me gusta ni pizca —gruñó—. Las huellas van derechas al portel del Peloncillo.
—¡Claro!
—¿Y qué? —insistió Stillwell, impaciente.
—¿No sabes de qué caballo son las otras?
—Me lo figuro, pero no estoy seguro.
—Del bronco de Danny Mains.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó vivamente Bill.
—Porque la pata delantera izquierda de ese caballejo calza una herradura que se le pone siempre torcida. Cualquiera de los muchachos puede confirmarlo. Yo reconocerÃa sus huellas a ojos cerrados.