Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste El rubicundo rostro de Stillwell se ensombreció. Con vehemente ademán dio un puntapié a un cacto.
—¿Iba o venÃa Danny? —preguntó.
—Calculo que iba a campo traviesa, buscando el camino del Peloncillo. Pero no lo asegurarÃa sin seguir algo más su pista. Esperaba que tú llegases.
—Nels, ¿crees que el muchacho se ha largado con esa bribona de Bonita?
—Bill, no puede negarse que él le ponÃa los ojos tiernos, como Gene, como Ed Linton antes de echarse novia, y como todos los muchachos. Ese diablejo de ojos negros los atrae. Tal vez Danny haya escapado con ella… Cuando iba hacia el pueblo le atracaron, y luego, avergonzado, se emborrachó… Pero no tardará en volver.
—Quizá tengas razón… Creo que los muchachos y tú estáis en lo cierto. ¿No cabe ninguna duda acerca de quién montaba el caballo de Gene?
—Está tan claro como sus huellas.
—Pues es extraordinario. No lo entiendo. Ojalá los muchachos aflojasen un poco en la bebida. TenÃa verdadero afecto a Danny y a Gene, y mucho temo que este último… ya esté listo. Si cruza la divisoria por un punto en el que haya jarana, poco tardará en hacerse matar. Sospecho que me estoy haciendo viejo y que ya no veo las cosas como antes.
—Bill…, opino que yo deberÃa tomar el portel del Peloncillo. Tal vez encuentre a Danny.