Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Cuando llegaron a la cumbre, Magdalena no pudo reprimir un suspiro de gozo. Ante ellos se extendÃa un profundo valle gris, que en el lado opuesto formaba una serie de declives correspondientes a otros tantos oteros, dando la impresión de oleadas de verdura que iban a morir al pie de los cerros, tachonados de macizos de arbustos, matorrales o árboles. Y más allá, alzábanse, formidables y severas, las sombrÃas montañas, bordeadas de pinos y quebradas por riscos, escotaduras y agujas.
—¡Ea, señorita Majestad! —exclamó Stillwell haciendo restallar su látigo—. Ahora empezaremos a ver algo bueno. Una vez recorridas diez millas de este valle, llegaremos al pie de los cerros, donde los apaches solÃan acampar.
—¡Diez millas! —exclamó Magdalena—. ¡Pero si parece a media milla de aquÃ!
—Antes de aventurarse a ir sola, tendrá usted que acostumbrar sus ojos a las distancias del Oeste. ¿Qué dirÃa que son esas cosas negras que se yen allà en la ladera?
—Jinetes… No, ganado —contestó Magdalena, dubitativamente.
—Ni lo uno ni lo otro. Cactos, simples y vulgares cactos. Y más allá… valle abajo, ¿verdad que es un bosquecillo precioso? —añadió señalando.
En el centro del valle, hacia el Sur, Magdalena vio un magnÃfico bosque.