Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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—Pues, señorita Majestad, no es sino aire engañador. No hay tal bosque. Espejismo y nada más.

—¿Sí? ¡Es bellísimo! —La joven concentro su mirada en la mancha oscura, y le pareció verla flotar en la atmósfera, sin contornos definidos, oscilante y trémula, y luego atenuarse hasta desaparecer.

De nuevo se hundieron las montañas detrás del horizonte, y el camino comenzó a sesgar en dirección ascendente. Los caballos se pusieron al paso. Tras una milla de ondulante recorrido llegaron al pie de los cerros y volvieron a ascender, serpenteando por entre los valles. Arboles, matojos y peñascos hicieron su aparición en las secas hondonadas. Aunque no había agua, veíase en los arenosos aluviones signos evidentes de pasadas avenidas. El calor y el polvo sofocaban a Magdalena que ya sentía positivo cansancio. A despecho de todo no cesaba de mirar ávidamente a los pájaros, a las crestadas codornices y a los conejos, y en una ocasión vio a un ciervo.

—Señorita Majestad —dijo Stillwell—, en tiempos pasados los indios hicieron de ésta una comarca inhabitable. Supongo que usted no habrá oído hablar gran cosa de aquella época; tal vez aún no estaba usted en el mundo. Algún día le contaré como me batí con los comanches en el Panhandle —al Norte de Texas— y tuve no pocos sustos con los apaches de esta comarca.


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